miércoles, 17 de julio de 2013

El ingreso a la educación superior
La carencia de empleo para profesionales es un asunto de desarrollo económico, no de las instituciones. Las dificultades de la baja calidad son males que se arrastran desde la educación básica y hasta la fecha no ha habido remedio que haya dado (buenos) resultados.

Carlos Ornelas

Días de tensión en las familias; nerviosismo entre los aspirantes; espera de resultados. Este domingo la Universidad Nacional Autónoma de México y el Instituto Politécnico Nacional dieron a conocer las listas de aceptados a sus programas de licenciatura; la Universidad Autónoma Metropolitana lo había hecho desde el día 10. Los interesados enfocan el asunto desde varias perspectivas, mas se pueden englobar en dos posiciones polares, que resumo en forma apretada. Los que arguyen que se deben admitir a todos los aspirantes a la institución que deseen puesto que concluyeron el bachillerato. En sentido contrario los que abogan por un ingreso más selectivo y riguroso.

Los primeros esgrimen argumentos que apelan al sentimiento de las familias y ponen como escudo el derecho a la educación. Los segundos apelan al discurso de la calidad y a los méritos. El asunto es que no hay lugares para todos en la UNAM, IPN ni la UAM. Los abogados del ingreso libre a la educación superior se preparan para organizar a los rechazados; los otros rumian sus argumentos en los pasillos de las universidades y en alguno que otro artículo.

Estas instituciones se preparan para en agosto dar la bienvenida a los nuevos estudiantes de licenciatura. Quienes no alcanzaron un lugar se dividen en dos grupos (ambos con frustraciones); uno que buscará entrar al mercado laboral, tal vez como medida temporal, y competir de nuevo o buscar otras opciones, tanto en instituciones públicas como privadas. El otro entrará a la organización que defiende a los “excluidos”.

Los voceros del gobierno federal insistirán en que hay otras opciones, incluyendo la educación a distancia. La SEP presentó un programa emergente de matrícula para educación superior, que anuncia todas las posibilidades. Pero las expectativas de miles de estudiantes que concluyeron el bachillerato se centran en el ingreso a esas tres grandes instituciones.

Los abogados de la meritocracia avanzan sus tesis no tanto con base en la capacidad instalada de esas universidades, sino en la necesidad de impulsar estudios de mayor calidad. Se hacen eco de los lamentos de muchos de sus colegas que se quejan de las deficiencias de los estudiantes, de su baja preparación académica y escasas capacidades. Hablan de restringir más el ingreso; nada más deben entrar los que reúnan las competencias intelectuales y emotivas indispensables. Las universidades, señalan, no deben ser instituciones remediales.

Hay que reconocer constancia (y hasta su profesionalización) entre los abogados de los estudiantes que no obtuvieron un puesto en estas instituciones. El Movimiento de Aspirantes Excluidos de la Educación Superior lleva ocho años organizando movilizaciones de unos cuantos miles con el fin de presionar al gobierno y a las instituciones para que abran más sus puertas. Parece que lo que en realidad interesa a quienes organizan a los “excluidos” es la movilización, la presencia de manifestantes en las calles y en las puertas de las instituciones.

El país enfrenta un dilema. Por una parte existe la presión social de incrementar el ingreso a la educación superior y el Estado ha respondido con programas de expansión creando nuevas instituciones tecnológicas y opciones de educación a distancia. Éstas se encuentran lejos de las expectativas de las familias y de los jóvenes que desean entrar a carreras de prestigio, aunque estén saturadas; no a las que el gobierno considera necesarias que, además, son más difíciles.

Por otra parte está el asunto de la calidad. ¿De qué sirve tener decenas de miles de egresados con pocas calificaciones en profesiones cuyo mercado de trabajo es limitado?, se preguntan algunos colegas. ¿Para qué aceptar más estudiantes en derecho, contabilidad, administración y medicina, si después van al desempleo o a subejercer su profesión?, interrogan ciertos funcionarios.

El dilema no es de fácil solución. La carencia de empleo para profesionales es un asunto de desarrollo económico, no de las instituciones. Las dificultades de la baja calidad son males que se arrastran desde la educación básica y hasta la fecha no ha habido remedio que haya dado (buenos) resultados.

Como cada año, apenas comienza la tensión social por la falta de cupo en la educación superior.

                *Académico de la Universidad Autónoma Metropolitana


                Carlos.Ornelas10@gmail.com