miércoles, 26 de junio de 2013

Veracruz llora
Por Luis Gerardo Martínez García

Veracruz llora y llueve, se cubre con el manto de la algarabía, la inteligencia, el temple y la dignidad que le caracteriza; espera sobrio bajo el árbol que aguantó de pie frente a la fuerza de la tormenta. Veracruz llora sin darse tiempo ahora para reír, sólo observa cómo pierde sus viejos, sus niños, sus mujeres y sus enfermos; sólo se da tiempo para pensar en lo que viene, en lo que sucederá ahora que baje el agua. Veracruz es su gente que llora hoy que llueve.

Veracruz y agua se funden y confunden en el vaivén de las olas y rachas de viento. Esa agua que da vida a los veracruzanos y en una pasada arrebató a sus hermanos, seres queridos que en minutos desaparecieron bajo el río caudaloso que ha estado ahí por años. Agua cálida del puerto que en instantes enfrió los corazones por segundos y palideció las esperanzas de los más cercanos. Agua jarocha que aviva, después del vendaval, la vida participativa del propio y extraño, sumando toneladas de colaboración y amor.

Jueves veinte del sexto mes oscurece y enrarece la mañana; día triste para Veracruz en momentos casi de recuperación. Penúltimo día de la semana que sorprendió por lo inhabitual del fenómeno. Día nada cabalístico propio para repensarnos como veracruzanos, gente de lucha, de trabajo, de entrega y de compromiso. 20 del mes que tocó la puerta a las tantas horas como un día más en la vida del jarocho, día extraordinario, incomprendido y caótico que en la madrugada tropezó con la tierra más alegre, entristeciendo a su gente.

Hospitalario el jarocho como es, dio la bienvenida a la brisa del mar, pero ésta entró sin consideración y golpeó su rostro radiante. Barry azotó la choza de palma que llevaba de pie dos décadas o más, resguardando la familia completa con sus recuerdos y esperanzas. Arrasó con todo la tormenta. No dio tiempo de sacar el huipil, el paraguas o el sombrero. No dio tiempo al niño de llevar consigo el juguete, ni al abuelo de agarrar su bastón, ni a la madre de llevar su vida... Algunos sólo pudieron trepar a la azotea de la casa... otros ni eso... estos hoy no están con nosotros, están desaparecidos.

El veracruzano pisa el suelo entre el silencio, confundiendo sus lágrimas con las aguas saladas del mar que entraron para derribar el puente, cubrir la comunidad entera, tirar la casa, destruir la siembra y desaparecer la armonía del hombre solidario y la mujer inteligente y jovial. Ese veracruzano que levanta por lo menos sus recuerdos porque se quedó sin nada, no está preocupado por la estadística, el presupuesto o la sigla partidista... está ocupado en ayudar al otro, buscar a la abuela, limpiar la calle, buscar agua y sobrevivir para encontrar a los que el río se llevó.

Veracruz lo ha perdido todo, menos la dignidad. Al rato estará cantando el son jarocho dedicado a la tormenta que sin miramientos robó las sonrisas del decimista; mañana escucharemos al son huasteco con falsete llorar de alegría la pena del costeño que la vive con la cara erguida, retando lo que viene sin saber a ciencia cierta lo que es.


Veracruz llora cuando llueve tristeza, de coraje... pero también llora de alegría cuando llueve porque no se atormenta. Ese es nuestro Veracruz.  sinrecreo@hotmail.com