jueves, 23 de mayo de 2013

Calidad de la educación: ¿meta o sueño?
SYLVIE DIDOU AUPETIT

Acabo de leer el apartado del Plan Nacional de Desarrollo (PND) 2013-2018 dedicado a la educación, denominado “México con educación de calidad”. Por reiterativo, le título me sorprende: es obvio que el país necesita una educación de calidad y que está muy lejos de tenerla y de obtenerla. Pero, desde hace 20 años, sexenio tras sexenio, los programas nacionales de desarrollo sacrifican al rito y enuncian esa evidencia, sin lograr concretarla. La urgencia desgraciadamente se ha transformado en una cantinela y en una muletilla de una retórica vacía.

¿Cómo avanzar hacia una educación de calidad? Primero, tendríamos que aceptar el principio de realidad y los limitantes que acarrea, en términos de lo que es razonable y factible hacer, en un plazo de cinco años, para dejar semillas de cambio a largo plazo. Eso implicaría un diagnostico jerarquizado de problemas y una definición de soluciones, quizás no muy vistosas pero susceptibles de ser medidas y cuyas potencialidades de transformación puedan ser monitoreadas. Por lo pronto, el PND no presenta un balance pormenorizado de la situación ni estrategias precisas de cambio; esperemos que esas dimensiones sean incluidas en el Programa Sectorial de Educación.

Segundo, requeriríamos análisis en profundidad y argumentados sobre los problemas principales de cada nivel educativo pero también sobre su contribución a la problemática general del sistema de educación en México. Me llamó la atención el ejemplo de la Ingeniería. Deplorando una vez más los sesgos bien conocidos entre carreras de alta y baja demanda, los redactores del PND mencionan los porcentajes desiguales de matrícula por áreas disciplinarias. Sugieren, como respuesta a esos desequilibrios, una mayor efectividad del sistema de orientación vocacional. La orientación es sólo un elemento, quizás el más anodino, de una problemática compleja: aun en una mayoría de los países desarrollados, hay pocos estudiantes en ingeniería. A escala nacional, el déficit relativo de estudiantes en ingeniería depende de las carencias que los alumnos arrastran desde la educación básica, como lo indican los resultados del PISA. Incluso en el nivel superior, los estudiantes, con demasiada frecuencia, no escriben con propiedad y carecen de habilidades mínimas de razonamiento lógico, verbal y matemático, aunque hayan transitado apaciblemente en los niveles sucesivos del sistema. Mientras no tengamos más estudiantes con una sólida formación en matemáticas, aunque mejoremos la orientación, seguiremos teniendo pocos ingenieros.

Al respecto, como lo recomienda el PND, es importante re-articular el sistema educativo pero no como un procedimiento formal o burocrático sino reorganizando la malla curricular y atribuyendo responsabilidades en torno al cumplimiento efectivo de los objetivos de aprendizaje de los alumnos, en cada nivel. Si no logramos que cada uno de los actores involucrados en el sistema educativo cumpla con sus responsabilidades individuales y colectivas, seguiremos en lo mismo, es decir en una cosmética del cambio caracterizada por paliativos, no por remedios.

Me inquieta el énfasis puesto, a lo largo del texto del PND, en las nociones de celeridad y de velocidad de los cambios, cuya justificación sólo estriba en la constatación de brechas con respecto de países desarrollados, con otras historias y otros contextos. Como ejercicio de memoria, acuérdense que, en educación superior, esas mismas brechas las llamábamos asimetrías, cuando el país negociaba el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, en el lejano año 1993. Salvo una intervención divina, México no tendrá, ni mañana, ni en un quinquenio, los indicadores de calidad de Finlandia. Pero, en lugar de una carrera haca la “nivelación” internacional (bastante irracional ya que nos impide vernos a nosotros mismos), démonos el indispensable lujo de reflexionar sobre nuestros problemas, para proceder a destrabar los más graves y poner manos a la obra. Un solo ejemplo. Dice el PND que el número de doctores es insuficiente. Sí lo es. Pero, ¿en qué vivero podemos reclutar candidatos a doctores que tengan los conocimientos y las habilidades imprescindibles para seguir estudios de ese nivel? O bien ¿será que se pretende que, por alcanzar un indicador formal de aumento del porcentaje de doctores titulados entre los egresados, debamos sacrificar cínicamente la calidad del proceso de formación e hipotecar el futuro?

Finalmente, el segundo capítulo del PND está dedicado con mucha razón al tema de la inclusión. Me desconcierta que el tercer capítulo sobre educación no incluya entre sus ejes vertebradores el de la promoción de la equidad; mi asombro no proviene de un prurito de índole formal sino de una convicción. La posibilidad de tener un país más cohesionado socialmente depende fuertemente de la educación, como un proceso integral y exigente, socialmente responsable, que provea saberes, autonomía para pensar, criticar y proponer.