jueves, 13 de diciembre de 2012


Bienvenidas las reformas, pero…
GERMÁN ÁLVAREZ M.

Las reformas educativas que rápida y hábilmente produjo Peña Nieto en apenas dos semanas de estreno son positivas… pero no son la panacea. En primer lugar falta ver cómo se pondrán en práctica, es decir, cómo se traducirán en programas, recursos y, al final, en resultados. En un país cuya clase política y sus gobernantes se han distinguido por la demagogia, es sano ser escéptico y más lo es exigir congruencia entre lo dicho y lo hecho. En segundo lugar, habrá que esperar cómo el camaleónico SNTE responde a las reformas, pues si bien una parte de éstas puede minar seriamente su poderío al retirarle control sobre el ingreso y la promoción, su capacidad de conservación de espacios y recursos económicos y políticos, desde las escuelas hasta los niveles altos de la burocracia educativa, es enorme, en buena medida por la cesión que los gobiernos han hecho de lo que ahora se pretende recuperar, la llamada rectoría del Estado sobre la educación.

Por ello, es necesario proseguir con la política de desarticulación del poder sindical sobre la educación y su gobierno. Ojo, no de desarticulación de la representación gremial, pues es innegable e irrenunciable el derecho del magisterio a contar con uno o más sindicatos. Entonces habrá que seguir la pista de los recursos indebidos y cerrar la llave: plazas, comisiones, salarios, cargos gubernamentales, de supervisión y escolares dados como prebenda sindical deben ser eliminados. También sería conveniente que la SEP dejara de recolectar las cuotas sindicales pues el costo de esa administración la pagamos todos los contribuyentes y no es justo que ese recurso se destine a una entidad no pública como lo es el sindicato.

En lo que respecta a la evaluación para el anunciado Servicio Profesional de Carrera Docente, ya veremos si es técnicamente válida la propuesta para el ingreso y la promoción de los profesores. Nada sería más desafortunado que repetir el esquema memorístico de los exámenes que tanto gustaron a los funcionarios educativos del sexenio pasado o repetir el expediente de la puntitis que ha asolado la profesión académica en la educación superior. En su lugar, estamos ante una buena oportunidad de ensayar esquemas comprehensivos de evaluación de los maestros, que consideren la experiencia no como acumulación de comprobantes sino como aportaciones a la carrera docente en los contextos escolares de desempeño; el desempeño mismo evaluado por colegas y estudiantes; la valoración directa de clases; y la mejora de los desempeños estudiantiles con respecto a los desempeños anteriores (de “valor agregado”). Una evaluación de esta naturaleza exige que los centros escolares tengan un papel mucho más activo en la selección de los profesores, en función de sus proyectos de mejora y de sus perspectivas de desarrollo, y que la desconfianza implícita en los sistemas de evaluación que se practican en México ceda lugar al principio de la confianza, factor que puede dinamizar nuestra deteriorada vida social. Este tipo de esquemas debe descansar en una formación profesional de rigurosa calidad, lo cual implica profundizar de inmediato la reforma de la enseñanza en las normales, elevar sus niveles académicos y mejorar los procesos de selección de los estudiantes que serán los futuros maestros.

La reforma anunciada nada ha dicho sobre la educación misma. Es un hecho que, en términos generales, la reforma curricular de la educación básica en el sexenio pasado ha sido un desastre y una muestra elocuente es la incompetencia educativa del gobierno anterior. Entonces, habrá que empujar una nueva reforma, que elimine no sólo el absurdo enfoque supuestamente basado en competencias y los materiales educativos de ínfima calidad que lo acompañan, sino desarrollar una visión educativa centrada en habilidades básicas, guiada bajo el principio del gusto y disfrute por la lectura, los conocimientos, la solución de problemas y la convivencia plural, con una propuesta mucho más esbelta de contenidos educativos, por supuesto, sin empobrecerlos, ni afectar la calidad con la que deben ser presentados.

La reforma deberá además hacerse seriamente cargo del enorme “déficit” educativo de la población mexicana: más de 33 millones de personas mayores de 15 años no han concluido su educación básica. El estado deberá poner todos los recursos necesarios para que esto deje de ocurrir en un corto plazo. Y eso implica volver con gran energía a las comunidades y grupos de la población marginados de este elemental derecho, incluidos las poblaciones de adultos, que fueron prácticamente abandonados en la administración anterior.

En resumen: la reforma que recupera la rectoría del estado sobre la educación, es decir, que retira al sindicato de decisiones sobre el ingreso y la promoción del profesorado es positiva. Pero se requiere avanzar más en desmontar las piezas que permitieron al SNTE el poderío que ostenta. Se requiere también generar esquemas comprehensivos de evaluación docente, ampliar progresivamente la participación de las escuelas y profundizar la reforma a las normales. Una reforma a la educación sin contenido educativo no es tal. Por tanto, es imprescindible replantear la educación básica bajo nuevos enfoques y desterrar la mediocridad en la que fue confinada por el gobierno pasado, así como encarar el enorme desafío de lograr que toda la población mexicana cuente al menos con educación básica. Nada más, nada menos. Publicado en Educación a debate